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Lo que debería preocupar a un gerente general no es que su empresa use IA, sino no saber cómo la está usando

julio de 2026
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Son las seis y cuarto de la tarde y alguien del equipo comercial necesita resumir rápido un contrato de veinte páginas antes de una reunión a las siete. No tiene tiempo de pedirle a Legal que lo revise, así que abre su cuenta personal de ChatGPT, pega el documento completo, cláusulas de confidencialidad incluidas, y pide un resumen en cinco puntos. Nadie en la empresa se entera. No hay ninguna alerta, ningún registro, ninguna persona de TI que reciba una notificación. El resumen sale bien, la reunión sale bien, y esa noche nadie piensa dos veces en dónde quedó ese contrato.

Gerente ejecutiva conversando con colegas en una sala de reuniones

No es un caso aislado. En otra empresa, alguien del área de marketing sube el manual de identidad de marca completo a una herramienta de imagen para generar rápido una pieza para redes sociales. En una tercera, alguien de Recursos Humanos pega el currículum y la carta de renuncia de un empleado en una IA para redactar una respuesta más empática. En ningún caso hay mala intención. En los tres casos, información que la empresa nunca decidió compartir termina en un servidor que la empresa no controla.

45,9% de directores y gerentes chilenos ya nombra la ciberseguridad como su principal riesgo empresarial

Un problema que ya entró, mucho antes que cualquier política

La forma más honesta de describir el estado actual de la IA generativa dentro de las empresas no es que las organizaciones estén decidiendo si adoptarla. Es que ya lo hicieron, casi siempre por la puerta de atrás. El 2024 Work Trend Index Annual Report de Microsoft y LinkedIn, hecho sobre una encuesta a más de treinta y un mil trabajadores en treinta y un países, encontró que un 75% de los trabajadores del conocimiento ya usaba IA generativa en su trabajo, y que un 78% de ese grupo llegó a esa herramienta por cuenta propia, sin que su empleador la haya seleccionado, aprobado ni tenga forma de verla. A ese fenómeno la industria ya le puso nombre, BYOAI, la costumbre de traer tu propia IA al trabajo de la misma forma en que antes alguien traía su propio computador o su propio teléfono sin permiso del área de sistemas.

La diferencia con el BYOD de hace una década es el tipo de dato que circula. Nadie pega el contenido completo de un contrato dentro de un dispositivo personal, pero sí lo pega dentro de una caja de texto que promete una respuesta en segundos.

Lo que hace que este problema sea distinto en Chile en 2026

El estudio Percepción de Riesgos Empresariales 2026, elaborado por la Asociación de Auditores Externos de Chile (AE Chile) junto a la Facultad de Administración y Economía de la Universidad Diego Portales, y que consultó a directores, gerentes y ejecutivos de nivel C, confirma que este no es un problema abstracto ni exclusivo de otros países. La ciberseguridad se convirtió este año en la principal preocupación empresarial en Chile, mencionada por un 45,9% de los encuestados, un salto de 18% respecto del año anterior, y desplazó al primer lugar que ocupaban los riesgos regulatorios en 2025.

El dato que conecta directamente con la IA es otro. El 81,7% de los encuestados reconoce que su empresa ya usa alguna solución de inteligencia artificial, y un 54,6% considera que los desafíos que trae esa tecnología están amplificando el riesgo general del negocio, una cifra que subió fuerte desde el 40,9% del año anterior. En otras palabras, casi la totalidad de las empresas chilenas ya tiene IA adentro, y la fracción que reconoce sentir el riesgo de esa IA creció más rápido en un año que en cualquier otro período del estudio.

Ese mismo sondeo encontró que solo un 38,1% de las empresas que enfrentaron algún evento de riesgo en el último año contaba con políticas y procedimientos formalmente definidos para responder, y un 13,3% admitió no tener ninguna política de gestión de riesgos en absoluto. La brecha no está en si las empresas usan IA. Está en la distancia entre cuánta IA ya circula puertas adentro y cuánta de esa IA está efectivamente gobernada.

Comparación, 81,7% de empresas chilenas ya usa IA de alguna forma, 54,6% siente que la IA amplifica el riesgo del negocio

La misma encuesta muestra que la sensación de estar más expuesto no es pareja entre industrias. Un 70,1% de los encuestados cree que su empresa está más vulnerable que hace un año, un salto desde el 61,5% de 2025, y esa percepción se dispara en sectores que manejan datos especialmente sensibles, 85,7% en salud y 81,8% en banca, seguros e instituciones financieras. Son, no por casualidad, los mismos sectores donde un empleado apurado tiene más probabilidades de pegar algo que no debería en una herramienta que no debería usar.

Este diagnóstico coincide con lo que advierte Cipher, la división de ciberseguridad del Grupo Prosegur, en su análisis para América Latina publicado en febrero de este año. Según Cipher, la convergencia entre protección de datos e inteligencia artificial se convirtió en el factor crítico de seguridad para organizaciones en 2026, y en Chile eso se siente con fuerza particular por la digitalización acelerada de servicios financieros, retail y sector público. La identidad digital y los datos, dice la firma, se convirtieron en el nuevo perímetro que hay que defender, ya no las paredes de un edificio ni el antivirus de un computador.

Por qué prohibir no es la respuesta

La reacción intuitiva de más de un gerente general al leer estas cifras es pensar en restringir el acceso a herramientas de IA, bloquear dominios, mandar un correo recordando la política de datos. Ese instinto es comprensible, pero suele fallar por una razón simple, la persona que pegó el contrato en ChatGPT a las seis y cuarto no lo hizo por falta de disciplina, lo hizo porque necesitaba resolver algo rápido y esa fue la herramienta más a mano. Bloquear el acceso sin ofrecer una alternativa igual de rápida no elimina la necesidad, solo la empuja a un canal todavía menos visible, como una cuenta personal desde el celular en vez del computador de la oficina.

La alternativa real no es prohibir el uso de IA, es cerrar la distancia entre la velocidad con la que alguien necesita una respuesta y el control que la empresa tiene sobre dónde termina esa información. Eso requiere una herramienta que sea, al mismo tiempo, tan rápida como una conversación de chat y tan controlada como cualquier sistema interno con permisos.

Cómo se ve una alternativa gobernada

Atlas, el agente de base de conocimiento interna de AgentLayer, es un ejemplo concreto de esa alternativa, no porque resuelva el problema del contrato pegado en ChatGPT específicamente, sino porque resuelve la necesidad de fondo, que alguien obtenga una respuesta rápida sin que la empresa pierda el control de la información. Atlas se carga con la documentación interna real de una empresa, políticas, contratos vigentes, catálogo de productos, organigrama, y responde preguntas en lenguaje natural, las 24 horas, sin que nadie tenga que abrir una carpeta de Drive ni esperar a que alguien responda un mensaje.

La diferencia de fondo con pegar un documento en una herramienta genérica está en el diseño de permisos. Atlas respeta la jerarquía real de la empresa, gerencia ve todo, el equipo comercial ve una parte, un contratado nuevo ve solo lo público, y protege automáticamente la información sensible, contratos, datos financieros, información de Recursos Humanos, para que solo la vea quien debe verla. Cada consulta queda además registrada, con quién preguntó qué y cuándo, algo que ninguna cuenta personal de una herramienta de consumo puede ofrecer.

Ese tipo de control no aparece por accidente. Es, precisamente, el tipo de validación que AgentLayer aplica a cada agente de su marketplace antes de ponerlo en producción, un proceso de diagnóstico, implementación, prueba real con el equipo del cliente y entrega con soporte continuo, pensado para que un agente certificado no reemplace un problema de gobernanza por otro. Un agente pre-validado no es infalible, pero al menos es una decisión explícita, tomada por la empresa, en vez de una fuga silenciosa decidida mensaje por mensaje por cada empleado que necesitaba resolver algo rápido un martes a las seis de la tarde.

Parte de por qué Atlas resulta una alternativa realista, y no solo una política más difícil de cumplir, es que se conecta directo con Google Drive, Notion, Confluence, SharePoint, Slack, OneDrive, Gmail y Outlook, además de aceptar documentos cargados a mano en PDF, Word o Excel. Nadie tiene que migrar la información a un sistema nuevo ni aprender una herramienta distinta, el conocimiento se queda donde ya vive, y Atlas simplemente aprende a leerlo con los permisos correctos puestos encima. Esa es, en el fondo, la condición mínima para que una alternativa gobernada le gane en velocidad a pegar un documento en una cuenta personal.

Lo que debería preguntarse un gerente general esta semana

La pregunta que vale la pena hacerse no es si la empresa debería empezar a usar inteligencia artificial. Esa decisión, para efectos prácticos, ya la tomó cada persona del equipo que instaló una aplicación de IA en su teléfono. La pregunta es si alguien en la empresa sabe, hoy, cuánta información sensible ya pasó por herramientas que nadie eligió, y si existe una alternativa igual de rápida que además deje trazabilidad.

Contestar esa pregunta con honestidad es incómodo, porque la respuesta casi siempre es que nadie lo sabe con precisión. Pero es un punto de partida mucho más útil que esperar a que ese 54,6% de gerentes que ya sienten el riesgo amplificado se convierta, el próximo año, en una cifra de incidentes confirmados.